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Academia D/s : Dom. Fem. - III - Sobre apariencias y recursos en la Dominacion femenina
Enviado por cris_primv el 23/4/2005 0:53:45 (9558 Lecturas) Artículos del mismo redactor
Academia D/s

"Hay una polémica entre los practicantes de la dominación femenina que probablemente nunca tendrá fin, especialmente entre algunas mujeres dominantes. La cuestión tiene que ver con las formas, y se centra a veces en la apariencia o en la vestimenta de las mujeres que ejercen la dominación. En opinión de estas mujeres, la auténtica sumisión del varón no requiere de ninguna manera o aditamento especial en la vestimenta femenina. Las mujeres no deberían “disfrazarse” para sus sumisos, por dos razones: la primera, porque ese acto indicaría una perversión de la relación de dominación, al realizar la actividad para complacer al sumiso en vez de a la dominante; la segunda, porque al hacerlo se aceptan y asumen los estereotipos masculinos de cómo debe comportarse una mujer dominante, en lugar de aceptar que el auténtico sumiso debe someterse a la mujer tal cual es, y no tal cual la quiere construir.

Resumiendo, se argumenta que la belleza interior de la mujer y su posición dominante no requiere de ningún adorno superficial ni parafernalia específica para contentar a los varones sumisos. Y este razonamiento se lleva a bastantes otras prácticas habituales en las relaciones de dominación femenina. ¿Por qué tendría la mujer que estar preocupada por controlar el orgasmo de su hombre? Si el sumiso necesita estímulo para prestar el servicio que su dueña merece, debería ser cosa suya preocuparse de mantenerse estimulado. Lo mismo sería aplicable a los procesos disciplina o a muchas otras prácticas. Así que, desde esta postura, se defiende que la mujer es superior y que, por lo tanto, esa es la razón básica por la que el sumiso debe estar subordinado a su servicio, y que bastante privilegio tiene con que se le permita realizarlo como para que encima tenga que estar la mujer dedicada a complacer los caprichos o las fantasías del hombre que debería limitarse a servirla.

Esta posición se ve, en no pocas ocasiones, apoyada por una realidad incuestionable: el pertinaz empeño de muchos sumisos por convertir la relación de dominación en una carrera de obstáculos que tiene que sobrepasar la dominante para satisfacer sus fantasías sumisas. Es cierto que muchos de estos hombres no deberían considerarse auténticos sumisos, porque pervierten la relación de dominación exigiendo continuamente, y situando a las mujeres en buena parte a su servicio. Esta actitud es bien conocida, y la representa ese viejo diálogo que muchas mujeres conocemos: “Estoy dispuesto a hacer lo que quieras, viviré para complacer tus deseos, el sexo estará destinado a la satisfacción de tu placer...” Para que inmediatamente después de que tu hombre haya pronunciado frases de este tipo, te presente la copiosa lista de reclamaciones, de lo que tendrás que hacer para que él, y no tú, esté contento.

Una relación es cosa de dos

Si atendiéramos a este clase de razonamientos, tendríamos que convenir en que una relación de auténtica dominación femenina tendría que prescindir de las vestimentas fetichistas, de la disciplina, del control del orgasmo masculino, en suma, de cualquier parafernalia... para ser pura. El primer argumento que puede oponerse a esta forma de verlo es que sitúa todo el acento exclusivamente en el término dominación y olvida el de relación. Y si la dominación femenina es una relación, que indudablemente lo es, entonces, es cosa de dos. Por lo tanto, como cualquier relación entre dos personas, tiene que contemplar las necesidades y los deseos de ambos integrantes de la pareja.

El hecho de que se produzca un intercambio de poder, de que éste pase a la mujer dominante, y de que sus necesidades y deseos sean los que deben primar, no invalida la afirmación. Tampoco el que un sumiso encuentre su realización en el servicio y sometimiento a quien le domina. Ambas circunstancias no eximen a la mujer dominante de la obligación de tener presente las necesidades de su sumiso, y de atenderlas (como de hecho hace la inmensa mayoría). Por mucha dominación que haya, hablamos de relaciones establecidas libremente por dos personas adultas, y sólo serán enriquecedoras en la medida en que satisfagan los anhelos de ambas. Y si la dominación femenina se extiende, y funciona, es precisamente porque cumple ese requisito, porque satisface a las dos partes que integran la relación.

La dominación no debe construirse obviando una de las principales conductas que han caracterizado siempre a las mujeres: su capacidad para contemplar el bienestar de quienes las rodean. En realidad, una de las grandes ventajas de este tipo de relación es que feminiza a los hombres en el mejor sentido, al hacerles conscientes de la realización personal que produce atender a las necesidades de la persona amada, es decir, al asumir un papel que había sido exclusivamente femenino. La dominación femenina permite a los hombres descubrir el placer que se obtiene por medio del servicio, y sería estúpido que las mujeres no les ayudaran en ese descubrimiento y en el desarrollo de ese comportamiento, especialmente cuando van a ser ellas las principales beneficiarias de la nueva conducta de los varones.

En consecuencia, desde este punto de vista, y sin poner en cuestión el intercambio de poder, puede defenderse perfectamente que las mujeres dominantes contemplen las necesidades de sus sumisos, y hagan un cierto esfuerzo (sin exageraciones que las pongan a ellas al servicio de ellos) para estimular y ayudar a sus hombres en la transformación de sus conductas y en la propia realización personal que conlleva la dominación femenina para el varón sumiso.

Cuanto más entregado, mejor

Es cierto que la obligación de un auténtico sumiso, como venimos diciendo, es poner el bienestar de su compañera por encima del suyo propio, y que es en ese comportamiento donde debe encontrar el sumiso su propia realización. Pero desde el punto de vista de la mujer, parece existir una circunstancia difícilmente cuestionable: cuanto más ansioso este su sumiso por servirla, mejor; cuanto más deseo y amor sienta por ella, mejor; cuanto más placer obtenga por la forma en la que sirve, mejor; en fin, cuanto más placer encuentre el sumiso en servirla, mejor servida, mimada y atendida estará la mujer que le domina.

Y sería una tontería que la dominante se conformara con menos, simplemente por ahorrarse el mínimo esfuerzo de estimular un poco, de vez en cuando, el deseo del sumiso por complacerla. Es innegable que resulta placentero, por ejemplo, que un sumiso te proporcione un estupendo masaje corporal mientras yaces relajadamente en la cama; pero es más placentero aún cuando sientes su devoción y su placer en grado máximo por el privilegio de poder ofrecerte ese masaje. Y esa adoración es típica del sumiso estimulado. Además, es tan fácil estimularle; basta con una frase antes de que te vaya a dejar en la gloria con su masaje: “Espero que tu trabajo me deje contenta, porque si no...” Ya sé que no resulta imprescindible, ni siquiera necesaria, una frase como esa, pero por qué negársela a mi sumiso si le estimula y a mí me cuesta tan poco.

Si por el hecho de ponerme alguna vez unas medias o unos zapatos de tacón, logro sentir esa adoración de mi hombre, bienvenido sea el pequeño esfuerzo. Lo que me resulta claro, es que ese esfuerzo me compensa incluso aunque mi sumiso me proporcionara el servicio con devoción suficiente, porque me compensa que esa devoción suficiente se convierta en auténtica adoración, porque cuanto mayor sea su grado, mayor es mi satisfacción. Y no soy, desde luego, ninguna excepción; a todas las mujeres, como a todas las personas, nos encanta que nos adoren, que alguien nos demuestre que está realmente loco por nosotras. Y una de las grandes ventajas que siempre he encontrado en la relación de dominación femenina es cómo puede mantenerse viva y estimularse esa increíble adoración con la que me obsequia mi sumiso. No estoy dispuesta a estar todo el día trabajando sin descanso para obtenerla, pero sí, y sin dudarlo, a proporcionarle pequeños obsequios que la mantengan en el nivel más alto posible. Si tengo que pararme de vez en cuando y decirle a mi sumiso que le voy a permitir que bese mis pies, lo haré; si obsequiarle en alguna ocasión con una buena bofetada le hace estar más estimulado, lo haré; si tener que realizar sus tareas domésticas para mí desnudo le ayuda, lo haré...

La sexualidad y la psicología del varón sumiso

Las mujeres dominantes no podemos, además, olvidarnos de las características fundamentales de la sexualidad y la psicología de los hombres sumisos. Básicamente, por dos motivos: el primero, por nuestro propio interés; y el segundo, ya comentado, por nuestra obligación de nutrir también las necesidades del hombre que se nos ha entregado.

Por lo que atañe al terreno de la sexualidad, no podemos renunciar a la principal herramienta de la disponemos en la dominación: el poder erótico que las mujeres tenemos sobre los hombres. Si ese poder se incrementa por medio de determinadas conductas, sería del género tonto no cultivarlas. Resulta innegable que la sexualidad de los varones está visualmente orientada y, por lo tanto, no tiene sentido renunciar a los fetiches que les guían, y que les facilitan entregarse a nosotras y hacernos la vida mejor. Si al vestirme de determinada forma obtengo la reacción que busco, no voy a renunciar a hacerlo. Cada vez que me pongo una minifalda o unos buenos zapatos de tacón mi hombre se derrite, y me encanta que así sea. Y la gran ventaja de la dominación femenina y de los fetiches del varón sumiso es que eso depende menos de que seamos bellezas de película que de que cultivemos sus fetiches, es decir, que podemos obtener esa reacción aunque no seamos modelos y pese a los muchos años que cumplamos. Y es un chollo al que no debemos renunciar, porque también nos encanta a nosotras la reacción que obtenemos, y porque contribuimos a mejorar el servicio que nos proporcionan y la devoción que nos profesan.

Algo parecido ocurre con el control del orgasmo masculino. Es cierto que tiene una que tomarse el trabajo de llevar ese control, pero ese trabajo se puede realizar con muy poco esfuerzo, y merece la pena. No estoy de acuerdo en que esa dedicación indique que estoy trabajando para complacer a mi sumiso. Es cierto que también lo hago para incrementar su bienestar, pero yo me beneficio innegablemente de esa práctica. El increíble incremento de la devoción y el deseo de mi sumiso me provoca unos beneficios que compensan claramente el pequeño trabajo que tengo que realizar a cambio. A qué mujer no le gustaría que su compañero le demostrara continuamente que esta loco de deseo por ella, y que cada vez que le deje tocarla o le meta en la cama su hombre piense que le ha tocado el gordo, pues bien ese es el resultado que obtengo con mi sumiso al no permitirle más que un par de orgasmos al mes y mantenerle estimulado... y no se me ocurriría por nada del mundo renunciar a ese beneficio.

En el terreno más psicológico se producen, es cierto, algunas situaciones que no complacen a todas las mujeres. No todas las mujeres se sienten a gusto teniendo que explicitar continuamente una actitud dominante. La psicología del varón sumiso es ciertamente obsesiva en este terreno, y demanda permanentemente un comportamiento exigente y autoritario. Pero se trata aquí, como en todo, de encontrar el término medio conveniente... conveniente para nosotras, claro. Se trata de colaborar a la estimulación del sumiso con alusiones esporádicas, y no de permitir que sea él quien nos marque la conducta cotidiana de la relación.

Pero tampoco aquí podemos olvidar la que bien podría considerarse como la segunda herramienta más poderosa de las mujeres: su actitud dominante. Más que cualquier vestimenta o que una azotaina, es la actitud dominante de la mujer la que alimenta la sumisión del varón y, por tanto, su ansia por servirnos y complacernos. No hace falta tampoco en este aspecto tomarse mucho trabajo, pero no conviene olvidar la conveniencia y los muchos beneficios que obtenemos, simplemente, con algunas actitudes. Recordar de vez en cuando al hombre su posición subordinada alimenta su sumisión y no nos cuesta apenas nada. Pueden ser cosas simples, y que no corrompen el intercambio de poder. No me siento al servicio de mi sumiso cuando realizo el pequeño esfuerzo de recordarle que su función en esta vida es servirme. Tampoco si procuro de vez en cuando exagerar alguno de sus fallos en sus tareas y se lo recrimino con tono autoritario. Nadie puede convencerme de que constituya un esfuerzo excesivo, y poco natural para una dominante, ponerle de rodillas de vez cuando y concederle el gusto de que me dé las gracias por el privilegio de servirme. Y a cambio de estos pequeños esfuerzos, como de los anteriores, obtengo una recompensa más que notable: me adora, está estimulado para servirme lo mejor que pueda, y nuestra relación, es decir, la de los dos, va mucho mejor.

También las mujeres disfrutan

Hasta aquí, los argumentos utilizados han consistido en las ventajas obtenidas a cambio de esfuerzos bastante relativos, y en la creencia en que esos esfuerzos no pervierten el intercambio de poder que caracteriza a la dominación femenina. Creo que este criterio debe remarcarse porque, efectivamente, tienen razón quienes piensan que alguna mujeres no están deseando realizar esas actividades o no se comportan así de manera natural.

Pero conviene no mitificar la naturalidad. La mayoría de los comportamientos de las personas son culturalmente aprendidos y conformados, es decir, no se conducen exclusivamente por criterios “naturales”. Y cambiar algunas de nuestras de conductas, como resulta obvio, es en muchas ocasiones positivo. Son multitud los ejemplos de mujeres que comenzaron a adoptar estos comportamientos de forma renuente, inducidas por sus compañeros, pero que con el tiempo los acaban disfrutando. No son pocas las experiencias en que es aplicable la máxima de tener cuidado con lo que deseas, porque puedes conseguirlo; y en consecuencia, no son pocos los varones que han visto sobrepasadas sus expectativas por el florecimiento del carácter dominante de las mujeres a las que se sometieron. En algunas ocasiones, para pasmo y temor de los protagonistas masculinos.

Quiere ello decir que son muchas las mujeres que disfrutan con las prácticas y las actitudes caracterizan a buena parte de las relaciones de dominación femenina. Algunas las disfrutaron desde el principio, quizá sean las menos, no lo sabemos; otras han acabado por disfrutarlas con el tiempo. Y nada tiene de extraño que las mujeres terminen deleitándose con actitudes y comportamientos que tan buenos resultados les proporcionan y que, al mismo tiempo, alimentan también a sus compañeros. Además, y como bien sabemos, son muchas las mujeres que disfrutan cultivando su apariencia, y la dominación femenina no nos priva de ese placer.

Quizá a alguien le parezca mal, pero no lo entiendo; yo me siento sexy y poderosa cuando me visto de “dominante” y mi hombre se derrite con sólo mirarme. Y me gusta, como le gusta a la mayoría de las mujeres. Es un error pensar que las mujeres nos vestimos así, o de cualquier otra forma, a consecuencia de la influencia del machismo o la sociedad patriarcal. Eran esas influencias las que nos impedían vestirnos de forma sexy; sólo a partir de la liberación femenina que comienza realmente con la década de los sesenta del pasado siglo hemos podido comenzar a hacerlo todas las mujeres de manera cada vez más generalizada. Y lo hacemos cuando nos apetece, y cuando no estamos de humor, no lo hacemos, y no pasa nada: no estamos obligadas a hacerlo por nuestros hombres. A la mayoría de las mujeres nos gusta este tipo de cosas, y no estamos dispuestas a aceptar que una minoría de nosotras nos acuse de estar manipuladas por el machismo imperante. No somos tontas, elegimos lo que nos complace y lo que mejor nos funciona para nuestro bienestar y felicidad.

Así que son unos cuantos los puntos de vista desde los que puede defenderse que esas prácticas de la dominación femenina no suponen, necesariamente, que las mujeres se plieguen a las exigencias de sus sumisos y, en consecuencia, no pervierten el intercambio de poder que las sustenta. Además, en bastantes ocasiones, constituyen la pimienta más que conveniente con la que aderezar y enriquecer las relaciones de pareja.

Por supuesto, cada mujer y cada pareja son diferentes, y cada relación se establece en base a los parámetros asumidos en cada una de ellas. Por lo tanto, no se puede reconvenir a aquellas mujeres (con las que polemizo) que prefieren comportamientos más espartanos que consideran más auténticos: las mínimas concesiones posibles a la parafernalia o a la teatralidad en la relación, y a las necesidades o fantasías del sumiso, cuyo papel sería exclusivamente el de plegarse a los modos y maneras de la dominante. Tienen todo su derecho a establecer las bases de sus relaciones como mejor consideren conveniente.

Pero si he escrito este artículo es para contestar las críticas que en tantas ocasiones realizan estas mujeres sobre lo que consideran debilidades de las que no actuamos como ellas. E incluso de las que pensamos que las necesidades y deseos de nuestros sumisos constituyen también un ingrediente importante de nuestras relaciones. Y nos gusta que así sea... porque pensamos que contribuye a enriquecer las relaciones de dominación. Una cosa es dejarse imponer la dinámica de la relación por el sumiso, que de eso nada, y otra, muy distinta, es que, en el abanico de posibilidades que la dominación nos permite, no incluyamos también aquellas que nos proporciona nuestra pareja. Cierto que la elección es nuestra y debe establecerse a nuestra conveniencia, pero sin olvidar que, como he dicho, además de dominación, estamos hablando también de relación.

Para terminar, quiero decir que desde luego que la relación de dominación debe estar dirigida a complacer mis necesidades y que la relación sexual debe tener como primer objetivo la consecución de mi placer. Por lo tanto, ese es, y debe ser, efectivamente, el primer objetivo de mi sumiso. Pero para que MI relación sea satisfactoria, quiero un sumiso, no alguien pasivo que espera que yo le diga lo que tiene que hacer y lo que tiene que pensar. Me gusta que mi hombre, por muy sumiso que sea, y por muy a mi servicio que esté, participe en la construcción de la relación y plantee todas sus querencias, todas sus dudas e, incluso, todas sus peticiones. Luego, ya veré yo cuáles son las que conviene atender y las que no. Al final, soy yo la que tomo las decisiones, que de eso se trata en una relación de dominación, pero no soy la única que la alimenta, porque, insisto, la relación es cosa de dos.

Autora: María Salazar

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